Atardecer – Capítulo III

Julio 23, 2010 | En: Escritos

Atardecer – Capitulo III – Entre corazonadas y decepciones

Empieza la semana. Si, todo el mundo se queja del lunes. Yo no- piensa- o te quejás de todos los días sin amor, todos los días sin dinero, todos los días sin salud y hasta todos los días sin estornudos, o no te quejás de ninguno- resuelve. Es frustante empezar la semana idiota, y más aún, bancar la idiotez de los demás, en especial cuando ellos tienen a alguien que los comprenda.

A salir a correr el colectivo de nuevo, luego de una rápida limpieza, y tirar la moneda: ¿parará o no?. ¿Cruz o ceca?. C’est impossible…- pensó, ya que el colectivo estaba esperando, por primera vez en su vida, de que llegara a la parada para entrar. Atónita, con el pulso muy elevado, corrió hasta el coche, y escuchó como dos viejitas murmuraban sobre la amabilidad del chofer.

Aturdida, subió al colectivo, pagó el boleto, agradeció al chofer y sintió una atmósfera un poco extraña dentro del colectivo. Las cosas habían cambiado hoy, luego de años de la misma monotonía. ¿O sería su percepción del mundo, ahora que se había a vuelto a enamorar y empezaba a confiar de nuevo en los seres humanos?. Percibía una punzada aguda en su estómago, tenía miedo de volver a ser herida. Siempre intentaba de nuevo, jamás se había rendido. Siempre pensaba que si había algo superior, algún día la recompensaría por tanto esfuerzo. Y si no lo había, igual sólo le quedaba intentar, o morir. Como en una apuesta de Pascal, siempre intentar valía la pena.

Había días que quería amar a todo el mundo. Días en que no quería amar ni a un cachorro. Días en que quería amar a esa persona que se había ido de viaje de estudios. Y había días indeterminados. Hoy había empezado como un día de odio, y ahora era indeterminado. Siempre pasaba de odio a amor, de amor a odio, y de amor a algo indeterminado. Nunca de odio a algo indeterminado, que ni ella pudiera explicar. Que ni ella pudiera entender lo que sentía, o ni siquiera entender porque tenía que sentir eso, que no llegaba a comprender. De nuevo, sentía que iba a explotar, pero no lo lograba. Una barrera de hielo mental le impedia explotar, aunque fuera lo que mas deseara, aunque fuera algo malo explotar.

Llegando a la parada, tocó el timbre y recordó por qué la última vez que había viajado en colectivo había sido levemente accidentada:

-Permiso, quiero bajar aquí-susurraba mientras intentaba hacerse a un lado de la muchedumbre. ¡Maldición!- gritó cuando veía que se le había pasado la parada.

Ese día fue del amor al odio. Es curioso, la primera vez que se le pasaba la parada. Siempre había sido muy meticulosa con respecto a calcular el tiempo para levantarse y llegar al timbre del colectivo, independientemente de la masa de gente que hubiera adentro. Eso era algo que sólo ella calculaba, ya que era normal ver a los demás que perdían la parada y gritaban como lo acababa de hacer ella.

Y hoy había sido la primera vez que no perdía el colectivo. Se acordó de tiempos mejores, cuando iba agarrada de la mano de su mamá, cuando llegar tarde o temprano no importaba tanto. Mientras estuviera agarrada de la mano de su mamá el tiempo de espera, o perder un colectivo, no importaba.

Llegando al trabajo, observa que todo es como suele ser cada día. Coloridamente molesto, los productos en vidriera eran, son y serán de un saturado color, pero por dentro totalmente grises.

-¡María!-la llama el supervisor.-Por favor, venga a mi despacho-sentencia. Teme por un nuevo encuentro.

Almorzó livianito. Ella comería cualquier cosa, total nunca nada lograba que aumente el peso que siempre solía portar. Pero comía bajo los estándares “diet” como hobby, para sentir el sufrimiento de la silueta en otras mujeres y recordar que en algo había sido afortunada.

¡Dejá tu comentario!

:wink: :-| :-x :twisted: :) 8-O :( :roll: :-P :oops: :-o :mrgreen: :lol: :idea: :-D :evil: :cry: 8) :arrow: :-? :?: :!: